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Muy buenos días o buenas tardes; es para mí un privilegio grande estar con ustedes en esta ocasión, para compartir con ustedes unos momentos de compañerismo alrededor de la Palabra de Dios y Su Programa correspondiente a este tiempo final, para lo cual leemos en el libro de los Hechos, capítulo 9, versos 1 al 9, donde veremos la conversión de San Pablo a Cristo, ese encuentro que tuvo San Pablo con Cristo. Dice:

“Saulo, respirando aún amenazas y muerte contra los discípulos del Señor, vino al sumo sacerdote,

y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, a fin de que si hallase algunos hombres o mujeres de este Camino, los trajese presos a Jerusalén.

Mas yendo por el camino, aconteció que al llegar cerca de Damasco, repentinamente le rodeó un resplandor de luz del cielo;

y cayendo en tierra, oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?

El dijo: ¿Quién eres, Señor? Y le dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues; dura cosa te es dar coces contra el aguijón.

El, temblando y temeroso, dijo: Señor, ¿qué quieres que yo haga? Y el Señor le dijo: Levántate y entra en la ciudad, y se te dirá lo que debes hacer.

Y los hombres que iban con Saulo se pararon atónitos, oyendo a la verdad la voz, mas sin ver a nadie.

Entonces Saulo se levantó de tierra, y abriendo los ojos, no veía a nadie; así que, llevándole por la mano, le metieron en Damasco,

donde estuvo tres días sin ver, y no comió ni bebió.”

Que Dios bendiga nuestras almas con Su Palabra y nos permita entenderla.

Nuestro tema es: “SEÑOR, ¿QUÉ QUIERES QUE YO HAGA?”

Esa es la pregunta que toda persona se hace cuando llega a este planeta Tierra; aún desde niño la persona se pregunta acerca del porqué está en esta Tierra y qué Dios quiere que él haga aquí en la Tierra.

Es importante saber que estamos de visita en este planeta Tierra por y para un propósito divino. Toda persona se pregunta: “¿De dónde he venido? ¿Por qué estoy aquí y hacia dónde voy después que muera mi cuerpo físico?” porque toda persona se preocupa más hacia dónde va, que en dónde está en la actualidad, pues todos dicen: “Estoy en la Tierra, el planeta Tierra,” pero cuando se hacen la pregunta: “Pero cuando muera mi cuerpo físico ¿a dónde tengo que ir?”

Hay dos lugares a donde van las personas que mueren físicamente, y a uno de esos dos lugares le toca ir a la persona. Cada persona tiene libre albedrío, y por consiguiente debe saber a dónde quiere ir y cómo tiene que hacer para ir al lugar que desea.

El apóstol San Pablo, llamado Saulo de Tarso primeramente, era un religioso, un creyente en el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, y un creyente tan firme en su fe, que hasta rayó hasta el fanatismo persiguiendo a los creyentes en Cristo creyendo que estaba haciéndole un servicio a Dios, y yendo en busca de todas las personas creyentes en Cristo que estarían en Damasco y llevando cartas del sumo sacerdote para tomarlos presos y traerlos a Jerusalén y ser juzgados, se encontró con Jesucristo, el Ángel del Pacto, el cual le había aparecido a Moisés en una Columna de Fuego y lo había enviado para la liberación del pueblo hebreo que estaba en Egipto.

Ahora, Saulo de Tarso, un creyente en el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob y que conocía bien la historia de la liberación del pueblo hebreo de la esclavitud en Egipto, se encontró con la misma Columna de Fuego que Moisés se había encontrado.

Moisés, cuando le habló el Ángel del Pacto, que es Cristo en Su cuerpo angelical, en el cual estaba, está y estará Dios, le dice Moisés: “Heme aquí,” y cuando Saulo de Tarso se encuentra con la misma Columna de Fuego que le habla, el Ángel del Pacto, Cristo, y le dice Saulo de Tarso, le pregunta: “Señor...” sabía que era el Señor, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Ángel del Pacto, le pregunta: “¿Quién eres?” el Ángel del Pacto le dice: “Yo soy Jesús a quien tú persigues.”

Hay muchos religiosos y líderes religiosos que en su afán de servir a Dios se van a los extremos y hasta persiguen a los que no piensan como él, creyendo que están haciendo un servicio a Dios; así era Saulo de Tarso. Y ahora, se encuentran estas personas como Saulo de Tarso, persiguiendo el mismo Dios, al mismo Cristo, al cual confiesan como su Salvador y al cual dicen que sirven.

Saulo, al escuchar que era Jesús, se da cuenta que era el Mesías, Jesucristo, al cual él estaba persiguiendo al perseguir a los cristianos, y ahora Saulo de Tarso le dice: “Señor,” lo reconoce como el Señor Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, como su Señor, y le dice: “Señor, ¿qué quieres que yo haga?” El Señor le dice, Jesucristo le dice: “Levántate y entra en la ciudad (o sea, en la ciudad de Damasco) y se te dirá lo que debes hacer.”

Es importante saber lo que Dios quiere que usted haga. Vamos a ver qué fue dicho a Saulo de Tarso, le fue revelado que Dios tenía una bendición grande para él. Pero veamos en el capítulo 22 del libro de los Hechos, lo que la persona tiene que hacer para comenzar en el Reino de Dios; capítulo 22 del libro de los Hechos, esto es San Pablo hablando, dando testimonio de esa experiencia con el Señor, y dando testimonio frente a personas judías, y San Pablo dice, capítulo 22, versos *1 en adelante dice:

“Varones hermanos y padres, oíd ahora mi defensa ante vosotros.

Y al oír que les hablaba en lengua hebrea, guardaron más silencio. Y él les dijo:

Yo de cierto soy judío (se identifica como un judío), nacido en Tarso de Cilicia, pero criado en esta ciudad, instruido a los pies de Gamaliel, estrictamente conforme a la ley de nuestros padres, celoso de Dios, como hoy lo sois todos vosotros.

Perseguía yo este Camino hasta la muerte, prendiendo y entregando en cárceles a hombres y mujeres;

como el sumo sacerdote también me es testigo, y todos los ancianos, de quienes también recibí cartas para los hermanos, y fui a Damasco para traer presos a Jerusalén también a los que estuviesen allí, para que fuesen castigados.

Pero aconteció que yendo yo, al llegar cerca de Damasco, como a mediodía, de repente me rodeó mucha luz del cielo;

y caí al suelo, y oí una voz que me decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?

Yo entonces respondí: ¿Quién eres, Señor? Y me dijo: Yo soy Jesús de Nazaret, a quien tú persigues.

Y los que estaban conmigo vieron a la verdad la luz, y se espantaron; pero no entendieron la voz del que hablaba conmigo.

Y dije: ¿Qué haré, Señor? Y el Señor me dijo: Levántate, y vé a Damasco, y allí se te dirá todo lo que está ordenado que hagas.

Y como yo no veía a causa de la gloria de la luz, llevado de la mano por los que estaban conmigo, llegué a Damasco.

Entonces uno llamado Ananías, varón piadoso según la ley, que tenía buen testimonio de todos los judíos que allí moraban,

vino a mí, y acercándose, me dijo: Hermano Saulo, recibe la vista. Y yo en aquella misma hora recobré la vista y lo miré.

Y él dijo: El Dios de nuestros padres te ha escogido para que conozcas su voluntad, y veas al Justo, y oigas la voz de su boca.

Porque serás testigo suyo a todos los hombres, de lo que has visto y oído.

Ahora, pues, ¿por qué te detienes? Levántate y bautízate, y lava tus pecados, invocando su nombre.”

“Señor, ¿qué quieres que yo haga?” Que se levantara, fuera bautizado en agua invocando el Nombre del Señor Jesucristo, así es como se comienza en el Evangelio de Cristo: escuchando la Voz de Cristo, el Evangelio de Cristo, siendo bautizado en agua en el Nombre del Señor Jesucristo, Cristo lo bautiza con Espíritu Santo, la persona ha obtenido la salvación y Vida eterna, porque ha sido perdonado, sus pecados han sido limpiados con la Sangre de Cristo y luego ha sido bautizado por el Espíritu Santo y ha sido producido en la persona el nuevo nacimiento, ha nacido en el Reino de Cristo.

Recuerden las palabras de Cristo a Nicodemo en el capítulo 3 de San Juan, que dijo: “De cierto, de cierto te digo, que el que no nazca del Agua y del Espíritu, no puede entrar al Reino de Dios.” Toda persona desea entrar al Reino de Dios, para lo cual se requiere que la persona escuche la Voz de Cristo; Él dijo: “Mis ovejas oyen mi Voz y me siguen, y yo las conozco y yo les doy Vida eterna.”

Por lo tanto, es importante que al escuchar la Voz de Cristo, que es el Evangelio de Cristo, la persona crea, lo reciba como Salvador, sea bautizado en agua en Su Nombre, y Cristo lo bautice en Espíritu Santo y obtenga así el nuevo nacimiento, nazca como un bebé espiritual en el Reino de Cristo nuestro Salvador y así obtenga la Vida eterna; porque no hay otro nombre bajo el Cielo en que podamos ser salvos, solamente hay un Nombre para salvación, y es: Señor Jesucristo, Él es nuestro único y suficiente Salvador.

Por lo tanto, San Pablo recibió el conocimiento de qué era lo que el Señor quería que él hiciera, y le fue revelado por medio de Ananías, un profeta del Cristianismo, que vivía allá en Damasco.

Así también cuando la persona escucha la predicación del Evangelio de Cristo, está escuchando lo que el Señor quiere que la persona que escucha haga conforme a la voluntad del Señor Jesucristo, crea, reciba a Cristo como Salvador, sea bautizado en agua en Su Nombre confesando sus pecados a Cristo, Cristo lo limpie con Su Sangre preciosa y lo bautiza con Espíritu Santo y Fuego y produce en la persona el nuevo nacimiento, así ha entrado al Reino de Dios, al Reino de Cristo, y ha venido a formar parte de la Iglesia del Señor Jesucristo.

Así es como la persona obtiene la bendición más grande que una persona puede recibir en este planeta Tierra, y es la salvación y Vida eterna de su alma, “¿de qué le vale al hombre si ganare todo el mundo y perdiere su alma?” pregunta Cristo en San Mateo, capítulo 16, verso 26 al 28. De nada le sirve a una persona vivir en esta Tierra, convertirse en una persona muy rica, y perder su alma.

Recuerden que el ser humano es alma viviente. El ser humano, que es alma viviente, vive en un cuerpo espiritual llamado espíritu, y un cuerpo físico de carne de esta dimensión terrenal, pero en sí la persona es alma viviente. Por eso Cristo pregunta: “De qué le vale al hombre si ganare todo el mundo y perdiere...” no dice, no pregunta: “Y perdiere su cuerpo,” porque todos pierden el cuerpo físico a cierto tiempo, a cierta edad; pero para los creyentes en Cristo Él les va a dar un nuevo cuerpo, eterno, inmortal, incorruptible, joven, glorificado, igual al cuerpo glorificado que Jesucristo tiene. Por lo tanto, la pérdida del cuerpo no tiene ningún problema, Él nos dará otro cuerpo.

También el cuerpo espiritual es una casa espiritual, un cuerpo espiritual, parecido al cuerpo físico pero de otra dimensión. Pero Él nos da el Espíritu Santo y por consiguiente al producir el nuevo nacimiento en la persona, la persona tiene un cuerpo espiritual de la dimensión de los ángeles de Dios, un cuerpo espiritual perteneciente a la sexta dimensión, al Paraíso.

Pero el alma... no le puede dar otra alma; el alma es la que recibe la salvación, y obtendrá un nuevo cuerpo, eterno, inmortal, incorruptible y glorificado, como el cuerpo glorificado de Jesucristo en la resurrección de los muertos en Cristo y transformación de los que vivimos, y todo esto es para la Venida del Señor en el Día Postrero.

Por lo tanto, es importante que toda persona comprenda el porqué vive en esta Tierra, y esa pregunta que toda persona tiene, como la tuvo Saulo de Tarso: “Señor, ¿qué quieres que yo haga?” la pueda entender (la respuesta de Cristo), y haga lo mismo que Saulo de Tarso hizo: levantándose, siendo bautizado en agua en el Nombre del Señor Jesucristo, invocando así, siendo invocado sobre él, el Nombre de Cristo.

Y luego él tendría un ministerio importante en medio de los gentiles, sería testigo de Cristo en Jerusalén, en Judea, y entre los gentiles también. Vean, San Pedro en Primera de Pedro, capítulo 1, verso 2, dice:

“Elegidos según la presciencia de Dios Padre en santificación del Espíritu, para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo.”

Hemos sido elegidos por Dios desde antes de la fundación del mundo según el conocimiento previo de Dios para, en santificación del Espíritu, para obedecer, obedecer el Evangelio de Cristo, lo cual significa obedecer la voluntad de Cristo, para ser rociados con la Sangre de Jesucristo y ser limpiados de todo pecado, y así recibir la bendición de la salvación y Vida eterna para nuestra alma, que es lo que somos nosotros: alma viviente; y así es como aseguramos nuestro futuro eterno con el único que nos puede asegurar el futuro: Jesucristo nuestro Salvador.

“¿Qué quieres que yo haga?” Pregunta Saulo de Tarso a Jesucristo. Y ahora, la misma pregunta que usted tiene, tiene la misma respuesta de Cristo que fue dada por medio de Ananías, un profeta del Cristianismo que vivía en Damasco: “¿por qué te detienes?”

Para los que todavía no han recibido a Cristo: ¿Por qué te detienes? Levántate y bautízate invocando Su Nombre, o sea, que esos son los primeros pasos para toda persona que está escrita en el Cielo en el Libro de la Vida del Cordero, para así obtener la reconciliación con Dios y ser restaurado a la Vida eterna. Vean aquí lo que nos dice San Pablo en Romanos, capítulo 5, verso 6 al 11:

“Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos.

Ciertamente, apenas morirá alguno por un justo; con todo, pudiera ser que alguno osara morir por el bueno.

Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.

Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira.

Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida.

Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en Dios por el Señor nuestro Jesucristo, por quien hemos recibido ahora la reconciliación.”

Es por medio de Cristo y Su Sacrificio en la Cruz del Calvario que hemos sido reconciliados con Dios todos los que lo hemos recibido como nuestro único y suficiente Salvador, porque la pregunta que teníamos en nuestra alma: “Señor, ¿qué quieres que yo haga?” la entendimos, la hicimos a Cristo, y Él nos dio a conocer por medio de Su Palabra, de Su Evangelio, lo que teníamos que hacer: recibirlo como Salvador, ser bautizados en agua en Su Nombre, y Él nos daría el Espíritu Santo y produciría el nuevo nacimiento en nosotros.

Todo eso lo entendimos y por eso fuimos bautizados en agua en Su Nombre y Él nos reconcilió con Dios, y ahora estamos dentro del Reino de Jesucristo nuestro Salvador, porque esa es la forma para entrar al Reino de Cristo que es eterno y está en la esfera espiritual, y algún día estará también en la esfera física en el Reino del Mesías, que está muy cerca, y luego por toda la eternidad, en donde yo voy a estar, ¿y quién más? Cada uno de ustedes también.

Si hay alguna persona que todavía no ha recibido a Cristo como Salvador y se ha preguntado: Señor, ¿qué quieres que yo haga? Ha escuchado qué el Señor quiere que usted haga. Ha nacido la fe de Cristo en su alma, está creyendo en Cristo, y ahora tiene la oportunidad de dar testimonio público de su fe en Cristo recibiéndole como único y suficiente Salvador, para lo cual los que están aquí presentes y los que están en otras naciones pueden pasar al frente para recibir a Cristo como único y suficiente Salvador, si todavía no lo han recibido como su Salvador, y estaremos orando por usted.

Jesucristo tiene mucho pueblo en la ciudad de Bogotá, en todas las ciudades y lugares de la República de Colombia, y en toda la América Latina y el Caribe, y en todas las naciones, y los está llamando en este tiempo final.

Cristo, el buen Pastor, está llamando Sus ovejas, las personas de las cuales Él dice: “Mis ovejas oyen mi Voz y me siguen, y Yo las conozco y Yo les doy Vida eterna.” Es para recibir la Vida eterna que recibimos a Jesucristo como nuestro único y suficiente Salvador, porque Él es la vida y el que nos imparte Vida eterna de parte de Dios.

Primera de Juan, capítulo 5, versos 10 al 13, dice: “ Dios nos ha dado Vida eterna, y esta vida está en Su Hijo (o sea, en Jesucristo); el que tiene al Hijo (o sea, tiene a Jesucristo, porque lo ha recibido como Salvador), tiene la vida (o sea, tiene la Vida eterna). El que no tiene al Hijo (a Jesucristo, porque no lo ha recibido como Salvador, dice), no tiene la vida,” o sea, no tiene Vida eterna, lo que tiene es una vida temporal que se le va a terminar y ni siquiera sabe cuándo se le va a terminar su vida terrenal, y la buena noticia es: Dios nos ha dado Vida eterna, y esta vida está ¿en dónde? En Su Hijo Jesucristo; Él mismo dijo: “Yo soy el camino, la verdad, y la vida; y nadie viene al Padre, sino por mí.” (San Juan, capítulo 14, verso 6).

Para recibir la Vida eterna hay que venir a los Pies de Jesucristo, el cual dijo: “Yo soy el camino, la verdad, y la vida.” Todos queremos llegar a Dios, todos queremos ser reconciliados con Dios, todos queremos vivir eternamente, y hay una forma establecida por Dios: a través de Jesucristo nuestro Salvador.

Todos queremos vivir eternamente, y la pregunta es: “Señor, ¿qué quieres que yo haga?” Para vivir eternamente Él quiere que usted lo reciba como único y suficiente Salvador y sea bautizado en agua en Su Nombre.

El carcelero de Filipo, donde Saulo y Silas estaban encarcelados, pregunta a Pablo, a San Pablo, y a Silas: “Señores, ¿qué haré para ser salvo?” San Pablo le dice: “Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo tú y tu casa.” Y esa misma noche fue bautizado en agua él y su familia. Recibir a Cristo como Salvador no significa meterse a una religión, significa recibir la Vida eterna de parte de Dios a través de Cristo, es recibir, por consiguiente, la reconciliación con Dios.

Todavía siguen viniendo más personas porque Dios tiene mucho pueblo en esta ciudad de Bogotá, Colombia, y en toda la República de Colombia, y también en las demás naciones de la América Latina y el Caribe, y en todas las demás naciones, y los está llamando en este tiempo final. En el libro de los Hechos, capítulo 2, y también en el libro de los Hechos, capítulo 13, verso 48, dice:

“...y creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna.”

El nombre de ustedes está escrito en el Cielo en el Libro de la Vida, y por consiguiente han sido ordenados para Vida eterna, han sido ordenados para escuchar la predicación del Evangelio de Cristo, nacer la fe de Cristo en vuestra alma, creer en Cristo, recibirlo como vuestro Salvador, ser bautizados en agua en Su Nombre, y Cristo bautizarlos con Espíritu Santo y Fuego y producir en ustedes el nuevo nacimiento, y así entrar al Reino de Cristo y por consiguiente entrar a la Vida eterna.

Es Vida eterna lo que Cristo le da a las personas que lo reciben como único y suficiente Salvador, y así es como también son identificadas las personas como las ovejas que el Padre le dio a Cristo para que las busque y les dé Vida eterna. Él dijo: “Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y salvar lo que se había perdido.” Eso está en San Lucas y también en San Mateo, Él vino a buscar y a salvar ¿a quién? A mí, ¿y a quién más? A cada uno de ustedes también.

Por eso Él les ha traído para escuchar la predicación del Evangelio de Cristo en esta ocasión. La cita que les dí es San Mateo, capítulo 18, versos 11 en adelante, y también en San Lucas... en San Lucas nos habla acerca de esto mismo cuando nos dice que vino a buscar a Sus ovejas, y también en San Juan, capítulo 10. Vamos a leer San Mateo, capítulo 18, verso 11 en adelante, en donde usted y yo estamos identificados:

“Porque el Hijo del Hombre ha venido para salvar lo que se había perdido.

¿Qué os parece? Si un hombre tiene cien ovejas, y se descarría una de ellas, ¿no deja las noventa y nueve y va por los montes a buscar la que se había descarriado?

Y si acontece que la encuentra, de cierto os digo que se regocija más por aquélla, que por las noventa y nueve que no se descarriaron.

Así, no es la voluntad de vuestro Padre que está en los cielos, que se pierda uno de estos pequeños.”

No es la voluntad de nuestro Padre celestial que se pierda uno de ustedes. La voluntad de nuestro Padre celestial es que nos salvemos, para lo cual Dios hizo un plan de salvación y Vida eterna por medio de Cristo nuestro Salvador, para eso fue que Él vino a la Tierra, para poner Su vida por nosotros en la Cruz del Calvario y pagar el precio de la Redención, que era dar Su vida en Expiación por todos nosotros.

“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.”

Y eso es lo que nuestra alma desea: Vida eterna. Ya vamos a orar por las personas que han venido a los Pies de Cristo. Vamos a estar puestos en pie para orar; las personas que están en otras naciones que también han estado viniendo a los pies de Cristo, y los que están, que ya habían recibido a Cristo como Salvador, todos en pie, los que están presentes y los que están en otras naciones, para la oración por los que han venido a los Pies de Cristo nuestro Salvador, en estos momentos.

También los niños de diez años en adelante pueden venir a los Pies de Cristo nuestro Salvador. Recuerden que Él dijo: “Dejad a los niños venir a mi; y no se lo impidáis, porque de los tales es el Reino de los Cielos.” Ahora, con nuestra manos levantadas a Cristo, al Cielo, y nuestros ojos cerrados, vamos hacer la oración por todos los que han venido a los Pies de Cristo nuestro Salvador:

Padre celestial, en el Nombre del Señor Jesucristo me acerco a Ti, vengo a Ti con todas estas personas que están recibiendo a Cristo como único y suficiente Salvador en esta ocasión. Te ruego los recibas en Tu Reino y les des Vida eterna. En el Nombre del Señor Jesucristo te lo ruego. Amén.

Y ahora, repitan conmigo esta oración todos los que han venido a los Pies de Cristo en estos momentos:

Señor Jesucristo, escuché la predicación de Tu Evangelio y nació Tu fe en mi alma, en mi corazón. Creo en Tu primera Venida y creo en Tu Nombre como el único Nombre bajo el Cielo dado a los hombres en que podemos ser salvos, creo en Tu muerte en la Cruz del Calvario como el único Sacrificio de Expiación por nuestros pecados.

Reconozco que soy pecador y necesito un Salvador; Señor, doy testimonio público de mi fe en Ti y te recibo como mi único y suficiente Salvador. Te ruego perdones mis pecados y con Tu Sangre me limpies de todo pecado, y me bautices con Espíritu Santo y Fuego luego que yo sea bautizado en agua en Tu Nombre y produzcas en mí, el nuevo nacimiento.

Quiero nacer de nuevo, quiero nacer en Tu Reino, sálvame Señor, te lo ruego en Tu Nombre eterno y glorioso, Señor Jesucristo. Amén y amén.

Y con nuestras manos levantadas a Cristo, al Cielo, todos decimos: ¡La Sangre del Señor Jesucristo me limpió de todo pecado! ¡La Sangre del Señor Jesucristo me limpió de todo pecado! ¡La Sangre del Señor Jesucristo me limpió de todo pecado! Amén. Cristo dijo:

“Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura.

El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado.”

Ustedes me dirán: “Yo escuché el Evangelio de Cristo, creí, y ahora deseo ser bautizado en agua lo más pronto posible. ¿Cuándo me pueden bautizar?” es la pregunta desde lo profundo de vuestro corazón. Bien pueden ser bautizados, y que Cristo les bautice con Espíritu Santo y Fuego y produzca en ustedes el nuevo nacimiento, y nos continuaremos viendo por toda la eternidad en el glorioso Reino de Jesucristo nuestro Salvador.

El bautismo en agua no quita los pecados, es la Sangre de Cristo la que nos limpia de todo pecado, pero el bautismo en agua es un mandamiento del Señor Jesucristo. El mismo Cristo fue bautizado por Juan el Bautista, y si Cristo fue bautizado, cuánto más nosotros tenemos necesidad de ser bautizados en agua en el Nombre del Señor Jesucristo.

En el bautismo en agua la persona se identifica con Cristo en Su muerte, sepultura y resurrección. Cuando la persona recibe a Cristo como Salvador, muere al mundo, y cuando el ministro lo sumerge en las aguas bautismales, tipológicamente está siendo sepultado, y cuando lo levanta de las aguas bautismales, está resucitando a una nueva vida: a la Vida eterna con Cristo en Su Reino eterno.

Ahí tenemos el significado del bautismo en agua en el Nombre del Señor Jesucristo. Por lo tanto, bien pueden ser bautizados y que Cristo les bautice con Espíritu Santo y Fuego y produzca en ustedes el nuevo nacimiento, y como les dije: nos continuaremos viendo por toda la eternidad en el Reino glorioso de Cristo nuestro Salvador.

Continúen pasando una tarde feliz, llena de las bendiciones de Cristo nuestro Salvador. Dejo con ustedes al reverendo Sarria, Alejandro Sarria, con ustedes, para que les indique cómo hacer para ser bautizados, y en cada nación, en cada país y en cada lugar, dejo al ministro correspondiente para que haga en la misma forma.

Que Dios les bendiga y les guarde a todos.

“SEÑOR, ¿QUÉ QUIERES QUE YO HAGA?”

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