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Muy buenas noches, amados amigos y hermanos presentes, y los que están a través del satélite Amanzonas o de internet en diferentes naciones. Es una bendición muy grande estar con ustedes en esta ocasión, para compartir con ustedes unos momentos de compañerismo alrededor de la Palabra de Dios y Su Programa correspondiente a este tiempo final.

Para lo cual leemos en San Lucas, capítulo 1, versos 26 en adelante, donde nos dice:

“Al sexto mes el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret,

a una virgen desposada con un varón que se llamaba José, de la casa de David; y el nombre de la virgen era María.

Y entrando el ángel en donde ella estaba, dijo: ¡Salve, muy favorecida! El Señor es contigo; bendita tú entre las mujeres.

Mas ella, cuando le vio, se turbó por sus palabras, y pensaba qué salutación sería esta.

Entonces el ángel le dijo: María, no temas, porque has hallado gracia delante de Dios.

Y ahora, concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús.

Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre;

y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.

Entonces María dijo al ángel: ¿Cómo será esto? pues no conozco varón.

Respondiendo el ángel, le dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios.”

Que Dios bendiga nuestras almas con Su Palabra y nos permita entenderla. Nuestro tema para esta ocasión es: “EL GLORIOSO REINO MILENIAL DE CRISTO.”

Este Ángel Gabriel es el mismo que le había hablado al profeta Daniel cuando Daniel estaba allá en Babilonia viviendo. Y le había mostrado al rey Nabucodonosor una estatua gigante, que tenía la cabeza de oro, el pecho y los brazos de plata, el vientre y los muslos de bronces, y las piernas de hierro y los pies de hierro y de barro cocido; y él quiso saber cuál era la visión porque se le había olvidado el sueño y nadie le podía dar a conocer el sueño y su interpretación. Pero apareció Daniel, al cual Dios le reveló cuál era el sueño y el significado del sueño.

“La cabeza de oro (le dijo Daniel al rey Nabucodonosor) eres tú, rey Nabucodonosor.” Eso está en el capítulo 2 del libro de Daniel. O sea, que era, Nabucodonosor y su reino, la cabeza de oro. Esa estatua representa el reino de los gentiles, que comienza con el rey Nabucodonosor. Así comienza esa visión, la cabeza de oro de la estatua.

Luego los pechos y los brazos de plata representa el imperio medo-persa; luego el vientre y los muslos de bronce representan el reino de Grecia con Alejandro el Grande; luego las piernas de hierro representa el imperio romano de los Césares; y luego los pies de hierro y de barro cocido representa lo que hay después del reino o imperio de los Césares, de ahí para acá, cuando terminaron esos reyes, lo que le queda al reino de los gentiles es los pies de hierro y de barro cocido.

En el tiempo de la Primera Venida de Cristo, la estatua que vio el rey Nabucodonosor se encontraba en la etapa de las piernas de hierro, que era el imperio romano.

Y por cuanto en la visión que vio el rey Nabucodonosor y le interpretó el profeta Daniel, la Venida de la Piedra no cortada de manos, que es la Venida de Cristo que impactará en la etapa de los pies de hierro y de barro cocido…; los cuales se van a desmenuzar, y todo el reino de los gentiles de edades pasadas también va a desaparecer; y la piedra no cortada de manos —que es la Segunda Venida de Cristo— crecerá, ese reino crecerá, el Reino del Mesías, y cubrirá toda la Tierra.

Ese es el Reino que traerá la paz para Israel, para todo el Medio Oriente y para toda la humanidad; porque la paz del Mesías cubrirá toda la Tierra. Por eso es llamado el Príncipe de Paz. Son profecías que se encuentran, por ejemplo en Isaías, capítulo 9, versos 1 al 11, donde nos habla del Príncipe de Paz, y que Su Reino y la paz no tendrán límite en el Reino del Mesías. Y en Isaías, capítulo 11, también nos habla de ese reinado del Mesías.

Será por mil años, y después vendrá la resurrección general para el Juicio Final; y luego de eso, la eternidad. En ese Reino es que hay vida eterna para todos los que habitarán en ese tiempo en la Tierra; pero antes se recibe la vida eterna en el alma, y después se materializará físicamente en la resurrección de los muertos en Cristo, en cuerpos eternos, inmortales, glorificados, igual al cuerpo glorificado del Señor Jesucristo, que está tan joven como cuando subió al Cielo.

Esa es la clase de cuerpo que Cristo le dará a todos los creyentes en Él que han muerto físicamente, cuando los resucite glorificados y jóvenes para toda la eternidad; y a los creyentes en Cristo que estén vivos los transformará. Y todos serán jóvenes para toda la eternidad.

Jesucristo está tan joven como cuando subió al Cielo, porque en el cuerpo glorificado no hay muerte, en el cuerpo glorificado la persona no se pone vieja; por más millones de años que pasen permanece tan joven como cuando recibió ese cuerpo glorificado.

Es que el propósito de Dios es que el ser humano viva eternamente. Por eso hay un programa para que el ser humano sea restaurado a la vida eterna. Y por cuanto Dios creó al ser humano a Su imagen y semejanza, el ser humano es trino: alma, espíritu y cuerpo; y lo más importante del ser humano es su alma.

Por eso Cristo dijo en San Mateo, capítulo 16, versos 26 al 28: “¿De qué le vale al hombre si ganare todo el mundo y perdiere su alma? Porque el Hijo del Hombre vendrá en la gloria del Padre con Sus Ángeles, y entonces pagará a cada uno según sus obras.”

Lo más importante para todo ser humano, lo entienda o no lo entienda, es la vida eterna. Sin vida no hay futuro. Estamos aquí en la Tierra pasando por una etapa en donde cada persona, por cuanto es a imagen y semejanza de Dios, así como Dios tiene libre albedrío, le dio libre albedrío a cada persona; y colocó delante del ser humano la vida y la muerte. Y le recomienda al ser humano que no escoja la muerte sino que escoja la vida, ¿para qué? Para que viva eternamente en el Reino de Dios.

Por lo tanto, el plan o Programa de Redención para vivir eternamente el ser humano, lo ha hecho Dios, y lo ha colocado delante de todo ser humano; y la persona, por cuanto tiene libre albedrío, tiene la responsabilidad de escoger.

Por medio del libre albedrío la persona o cree o duda; si duda, pierde; si cree, gana. Todos queremos lo mismo que Dios quiere: que vivamos eternamente.

El ser humano es alma viviente, es lo más importante que hay en la persona; eso es lo que en realidad es la persona: alma viviente; pero tiene un espíritu, que es un cuerpo angelical, un cuerpo de otra dimensión, parecido a nuestro cuerpo físico.

¿Recuerdan cuando Jesús caminaba sobre las olas del Mar de Galilea que estaba embravecido?, y era de noche. Y cuando los discípulos que van en la barca ven a Jesús caminando sobre las aguas del Mar de Galilea, no sabían que era Jesús, pensaban que era un espíritu.

Recuerden que un espíritu es un cuerpo de otra dimensión, parecido a nuestro cuerpo pero no tiene carne y huesos como tiene nuestro cuerpo físico. ¿Y quién dice que es así? Cuando Cristo resucitó y apareció a Sus discípulos, ellos pensaban que era un espíritu, y Él les dice: “El espíritu no tiene carne y huesos como ustedes ven que yo tengo.” O sea, que Cristo abrió ese misterio de lo que es un cuerpo físico y lo que es un espíritu o cuerpo espiritual, que es de otra dimensión, de la dimensión de los espíritus.

Por eso cuando la persona muere, lo que muere es el cuerpo físico, pero la persona sigue viviendo en la dimensión de los espíritus, en el lugar que le corresponde de acuerdo a la elección que la persona hizo mientras estaba viviendo en la Tierra.

Por eso Dios dice: “Escoge la vida para que vivas.” Si quiere ir al Paraíso tiene que escoger la vida, comer del árbol de la vida, que es Cristo, y cuando muera físicamente irá al Paraíso, donde están los apóstoles y todos los creyentes en Cristo de tiempos pasados y también de nuestro tiempo, los que han partido siendo creyentes en Cristo.

Todos queremos ir al Cielo, ir al Paraíso cuando terminamos nuestros días aquí en la Tierra. Por eso Cristo mandó a predicar el Evangelio a toda criatura, “y el que creyere y fuere bautizado, será salvo (dijo Cristo); mas el que no creyere, será condenado.” [San Marcos 16:15-16]

Por eso se predica el Evangelio, para que las personas sepan que hay un Programa de Salvación, de redención y vida eterna, para vivir en el Reino de Cristo por toda la eternidad.

Cuando Cristo ya había resucitado dijo a Sus discípulos antes de partir de esta Tierra, en San Lucas, capítulo 24, versos 46 en adelante:

“…Y les dijo: Así está escrito, y así fue necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día;

y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén.”

Se predica el arrepentimiento y el perdón de pecados en el Nombre del Señor Jesucristo, porque Él llevó nuestros pecados y murió por nosotros la muerte que nosotros teníamos que morir, e ir al infierno; pero no se hace efectivo en la persona hasta que lo recibe como Salvador.

Mientras vivimos en esta Tierra tenemos la oportunidad de entrar al Programa Divino de redención para asegurar nuestro futuro eterno con Cristo en Su Reino eterno.

Veamos aquí en Apocalipsis, capítulo 20, versos 4 al 6, lo que nos dice de ese Reino de Cristo:

“Y vi tronos, y se sentaron sobre ellos los que recibieron facultad de juzgar; y vi las almas de los decapitados por causa del testimonio de Jesús y por la palabra de Dios, los que no habían adorado a la bestia ni a su imagen, y que no recibieron la marca en sus frentes ni en sus manos; y vivieron y reinaron con Cristo mil años.

Pero los otros muertos no volvieron a vivir hasta que se cumplieron mil años. Esta es la primera resurrección.

Bienaventurado y santo el que tiene parte en la primera resurrección; la segunda muerte no tiene potestad sobre éstos, sino que serán sacerdotes de Dios y de Cristo, y reinarán con él mil años.”

Vean las bendiciones tan grandes que Cristo tiene para todos los creyentes en Él. No nos podemos perder esas bendiciones. Él es el único que tiene bendiciones para después que terminen nuestros días en este cuerpo físico, mortal, temporal; y en esa bendición está que nos dará un nuevo cuerpo eterno, inmortal, incorruptible y glorificado, y joven para toda la eternidad.

¿Qué otra persona o institución le ofrece algo así? ¡Nadie! Es que la exclusividad de la vida eterna la tiene Jesucristo.

Cristo en una ocasión dice: “Vosotros no queréis venir a mí para que tengáis vida eterna.” Eso es lo que pasa con algunas personas cuando no quieren venir a Cristo, no quieren tener o recibir vida eterna.

Ahora, Cristo también dijo en San Juan, capítulo… Eso fue en San Juan, capítulo 5, verso 40. Y en San Juan, capítulo 10, versos 27 al 30, dice: “Mis ovejas oyen mi voz y me siguen, y yo les doy vida eterna, y no perecerán jamás. Mi Padre que me las dio es mayor que todos; y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre. El Padre y yo una cosa somos.”

Vean para qué y por qué se predica el Evangelio y se les da la oportunidad a las personas que vengan a los Pies de Cristo, que reciban a Cristo como único y suficiente Salvador. ¿Para qué? Para Cristo darle vida eterna a esas personas representadas en ovejas.

Todos queremos vivir eternamente. Si usted se pone a pensar por unos momentos, se dará cuenta que usted es real, que existe, pero no le gustaría dejar de existir; por lo cual, la única forma para no dejar de existir es recibiendo vida eterna, y esa vida eterna la tiene Jesucristo para todos los que lo reciben como único y suficiente Salvador.

Por lo tanto, eso es lo principal para cada ser humano. Eso es primero que el trabajo, es primero que una profesión, es primero que papá y mamá y que los hijos; porque nadie más nos puede dar vida eterna.

Tenemos que asegurar nuestro futuro eterno con Jesucristo nuestro Salvador, y después las demás cosas serán añadidas. Por eso Cristo decía: “Buscad primeramente el Reino de Dios y su justicia, y las demás cosas serán añadidas.” [San Mateo 6:33]

Necesitamos asegurar nuestro futuro eterno; y no hay otra forma que recibiendo a Cristo como único y suficiente Salvador. Y esa oportunidad la tenemos mientras estamos vivos en esta Tierra.

Si pierde la oportunidad de recibir a Cristo como Salvador, y muere, no hay quién le asegure que usted vivirá eternamente. La vida eterna está prometida por Cristo para todos los que lo reciben como su Salvador.

“El que oye mi Palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no será condenado, mas ha pasado de muerte a vida.” Eso está en San Juan, capítulo 5, verso 24.

Tenemos que atender lo que es primero: la Vida de nuestra alma.

“No solamente de pan vivirá el hombre, sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios,” dijo Cristo en San Mateo, capítulo 4, verso 4, y en San Lucas, capítulo 4, verso 4, citando a Moisés en Deutoronomio, capítulo 8, verso 1 al 3.

Tenemos que ser realistas: En la vida aquí en la Tierra no hay compañía de seguro que se la asegure.

Algunas veces decimos: “Yo compré un seguro de vida.” Pero eso no asegura que va a vivir¨. Lo que le asegura es que su familia va a recibir un cheque si usted muere. El único seguro de vida lo tiene Jesucristo, y costó caro la vida de Él, para podernos dar vida eterna; y es el único que tiene la exclusividad de la vida eterna.

Por lo cual, todo ser humano necesita a Cristo, toda persona para vivir eternamente en el Reino de Cristo necesita haberlo recibido. Por lo cual, si hay alguna persona que no ha recibido a Cristo todavía, lo puede hacer en estos momentos, y estaremos orando por usted para que Cristo le reciba en Su Reino y le dé vida eterna.

Recordemos que nuestras almas…, así como a nuestro cuerpo le da hambre, hambre física, y tenemos que darle comida física, nuestra alma también siente hambre, no de pan literal, y sed, no de agua literal, sino de oír la Palabra del Señor. “No sólo de pan vivirá el hombre sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios.”

Tenemos que alimentar nuestra alma. Alimentamos nuestro cuerpo más veces en el día que lo que alimentamos nuestra alma.

Dios tiene mucho pueblo en toda la América Latina y el Caribe, en Norteamérica también y en otras naciones; y los está llamando en este tiempo final para darles vida eterna.

Ustedes están aquí escuchando el Evangelio de Cristo porque el nombre de ustedes está escrito en el Libro de la Vida; por esa causa ustedes están escuchando el Evangelio de Cristo.

Vuestra alma tiene hambre espiritual, y tenemos que tenerle el alimento espiritual, la Palabra del Señor, que es con lo único que nuestra alma es alimentada para estar fuertes espiritualmente.

Vamos a estar puestos en pie para orar por las personas que han venido en esta ocasión a los Pies de Cristo. Los que están en otras naciones pueden también venir a los Pies de Cristo, para que Cristo los reciba en Su Reino.

Y los niños también de 10 años en adelante pueden venir a los Pies de Cristo. Recuerden también que Cristo dijo: “Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de los cielos.” [San Mateo 19:14]

Con nuestros rostros inclinados y nuestros ojos cerrados:

Padre nuestro que estás en los Cielos, en el Nombre del Señor Jesucristo vengo a Ti con todas estas personas que han venido a los Pies de Cristo en esta ocasión. Recíbelos en Tu Reino. En el Nombre del Señor Jesucristo te lo ruego.

Y ahora repitan conmigo esta oración:

Señor Jesucristo, escuché la predicación de Tu Evangelio y nació Tu fe en mi corazón, en mi alma.

Creo en Ti con toda mi alma. Creo en Tu Primera Venida. Creo en Tu Nombre como el único Nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podemos ser salvos. Creo en Tu muerte en la Cruz del Calvario como el Sacrificio de Expiación por nuestros pecados.

Reconozco que soy pecador y necesito un Salvador. Doy testimonio público de mi fe en Ti y de Tu fe en mí, y te recibo como mi único y suficiente Salvador.

Te ruego perdones mis pecados y con Tu Sangre me limpies de todo pecado, y me bautices con Espíritu Santo y Fuego luego que yo sea bautizado en agua en Tu Nombre, y produzcas en mí el nuevo nacimiento.

Te lo ruego en Tu Nombre Eterno y glorioso, Señor Jesucristo. Amén.

Ha sido para mí una bendición grande estar con ustedes en esta ocasión dándoles testimono del glorioso Reino Milenial de Cristo, donde nos vamos a encontrar y vamos a recordar estos momentos que hemos pasado compartiendo espiritualmente alrededor del Evangelio de Cristo, la Palabra de Dios.

Que Dios les bendiga grandemente y les guarde; y nos continuaremos viendo por toda la eternidad en el Reino de Jesucristo nuestro Salvador.

Continúen pasando una noche feliz, llena de las bendiciones de Cristo nuestro Salvador.

Dejo con ustedes al reverendo Ariel Cerrud.

Dios les bendiga y les guarde a todos.

“EL GLORIOSO REINO MILENIAL DE CRISTO.”

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