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Muy buenos días, amados amigos y hermanos presentes, y los que están en otras naciones. Que las bendiciones de Cristo, el Ángel del Pacto, sean sobre cada uno de ustedes y sobre mí también, en el Nombre del Señor Jesucristo; y que nos abra el entendimiento y las Escrituras para comprender la Palabra de Dios, y estar conscientes del tiempo en que vivimos. En el Nombre del Señor Jesucristo. Amén.

En esta ocasión leemos San Mateo, capítulo 6, verso 8 en adelante, 8 al 10:

“No os hagáis, pues, semejantes a ellos; porque vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad, antes que vosotros le pidáis.

Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre.

Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra.

El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy.

Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores.

Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal; porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén.”

Que Dios bendiga nuestras almas con Su Palabra y nos permita entenderla.

“VENGA TU REINO Y HÁGASE TU VOLUNTAD, COMO EN EL CIELO, ASÍ TAMBIÉN EN LA TIERRA.”

Y esto nos habla de la Venida del Reino de Dios, de la Venida de Cristo para establecer el Reino de Dios en la Tierra, porque será el Mesías Príncipe el que establecerá el Reino de Dios en la Tierra.

La promesa de la Segunda Venida de Cristo es la promesa más grande, es el evento más grande de todos los eventos proféticos. Encontramos que la Segunda Venida de Cristo es el misterio contenido en el Séptimo Sello de Apocalipsis, capítulo 8, verso 1. Y cuando fue abierto en el Cielo el Séptimo Sello, hubo silencio en el Cielo como media hora - como por media hora.

En Apocalipsis, capítulo 10, desciende Cristo, el Ángel Fuerte, con el Librito abierto en Su mano, clamando como cuando un león ruge, y siete truenos emiten sus voces. Es Cristo, el cual habrá completado Su Obra de Intercesión en el Cielo, donde Él está desde que subió al Cielo como Sumo Sacerdote haciendo intercesión con Su propia Sangre por todos los que están escritos en el Cielo, en el Libro de la Vida del Cordero, los cuales le recibirían como su único y suficiente Salvador cuando estuvieran viviendo en este planeta Tierra, cada uno en el tiempo que le tocaría vivir.

Esas son las ovejas del Padre, que le dio para que Cristo las buscara y les diera vida eterna; esas son las personas que escucharían la Voz de Cristo por medio de Su Espíritu Santo a través de la predicación del Evangelio de Cristo, el Evangelio de Salvación y vida eterna para toda persona.

El Evangelio da las buenas noticias, las buenas nuevas de la salvación y vida eterna por medio de Jesucristo. Por eso Él ordenó a Sus discípulos diciendo, en San Marcos, capítulo 16, versos 15 al 16: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado.” Tan sencillo como eso es el caso delante de Dios para todo ser humano.

Dios le ha dado la oportunidad de escuchar el Evangelio de Cristo y de recibirlo como Salvador, a toda persona que lo escucha y nace la fe de Cristo en su alma; porque “la fe viene por el oír la Palabra del Señor,” pero “con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación.” [Romanos 10:17, 10:10]

Por eso es necesario que toda persona escuche la predicación del Evangelio de Cristo, y por cuanto tiene libre albedrío la persona, escoja entre la vida y la muerte, entre la salvación y la perdición.

Es importante estar conscientes de la oportunidad tan grande que Dios nos ha dado de escuchar el Evangelio de Cristo y nacer la fe de Cristo en nuestra alma, creer en Cristo y recibirlo como nuestro único y suficiente Salvador; es un asunto de vida eterna, de vida eterna para cada persona que lo recibe como su Salvador.

Por lo tanto, de todas las decisiones que el ser humano hace, la más grande y única decisión que lo coloca en la vida eterna, es recibir a Cristo como su Salvador. Toda otra decisión es muy pequeña al lado de la decisión de recibir a Cristo como Salvador, porque es lo único que coloca al ser humano en la vida eterna con Cristo; y por consiguiente, ¿lo coloca dónde? Si San Pablo estuviera aquí presente le preguntaríamos qué sucede cuando recibimos a Cristo como nuestro Salvador. Dice Colosenses, capítulo 1, verso 12 al 14:

“…Con gozo dando gracias al Padre que nos hizo aptos para participar de la herencia de los santos en luz;

el cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo,

en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados.”

Nos ha trasladado ¿a dónde? Nos ha sacado, nos ha libertado de la potestad de las tinieblas, del reino del maligno, y nos ha trasladado al Reino de Jesucristo el amado Hijo de Dios.

Toda persona que lo recibe como Salvador, es bautizado en agua en Su Nombre y Cristo lo bautiza con Espíritu Santo y Fuego: nace de nuevo, nace del Agua y del Espíritu, como le dijo Cristo a Nicodemo en San Juan, capítulo 3, versos 1 al 6: “De cierto, de cierto te digo, que el que no nazca del Agua y del Espíritu, no puede entrar al Reino de Dios.” Aquí vemos cómo es que hemos entrado al Reino de Dios: hemos sido trasladados al Reino de Jesucristo el amado hijo de Dios.

Ya estamos en la esfera espiritual, en el Reino de Dios, el Reino de Cristo, y nos falta la parte física, la cual se cumplirá cuando seamos transformados si permanecemos vivos hasta Su Venida, cuando los muertos en Cristo van a ser resucitados en cuerpos inmortales, incorruptibles, glorificados, como el cuerpo glorificado de Jesucristo.

Para eso es la Segunda Venida de Cristo. Él viene con todos los muertos creyentes en Él que están en el Paraíso, los trae con Él para resucitarlos en cuerpos eternos y glorificados, y a los que vivimos y estemos vivos en esos días nos transformará; y entonces todos seremos a Su imagen y semejanza: inmortales para toda la eternidad y jóvenes para toda la eternidad.

Ya entonces pasamos a la etapa física, pasaremos en el rapto o arrebatamiento a la Cena de las Bodas del Cordero, donde Cristo y Su Novia, Su Iglesia, allí recibirán la investidura para luego descender a la Tierra y reinar con Cristo y Su Iglesia por mil años y luego por toda la eternidad.

La Cena de las Bodas del Cordero será la recepción de las Bodas del Cordero, y será en el Cielo, en el Reino de Dios celestial, en la Casa de nuestro Padre celestial.

Durante la gran tribulación (que durará tres años y medio) estaremos con Cristo en la Casa de nuestro Padre celestial; y luego de terminar la gran tribulación, que durará tres años y medio, regresaremos a la Tierra con cuerpos eternos e inmortales para el establecimiento del Reino de Dios en la Tierra. Por el cual oramos que venga pronto, pues Él dijo que orando pidamos que venga el Reino de Dios a la Tierra, el Reino de justicia, de paz y felicidad que tanto el ser humano ha deseado tener en este planeta Tierra (y sobre todo, los hijos e hijas de Dios, los creyentes en Cristo); y eso está muy cerca.

Cristo mostró el orden para la Venida del Reino de Dios en el Monte de la Transfiguración; por lo tanto, el cumplimiento para el Día Postrero, de esa profecía, estará marcando una etapa muy importante en el Programa Divino.

En Apocalipsis, capítulo 11, verso 15 al 19, nos dice:

“El séptimo ángel tocó la trompeta, y hubo grandes voces en el cielo, que decían: Los reinos del mundo han venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo; y él reinará por los siglos de los siglos.”

Cristo nuestro Señor, como Hijo del Hombre es el heredero al planeta Tierra completo, y por consiguiente al Reino mundial de Dios en la Tierra; Él es el Rey venidero como el Hijo del Hombre. Y como Hijo de David, Él es el heredero al Trono y Reino de David con el pueblo hebreo. Como Hijo de Abraham Él es heredero a todo lo que Dios le prometió a Abraham, todo el territorio donde Abraham vio, que Dios le prometió. Y Cristo como Hijo de Dios, es el heredero a los Cielos y la Tierra.

Por eso es que dice la Escritura que somos herederos de Dios y coherederos con Cristo Jesús Señor nuestro; a todo lo que Cristo es Heredero los creyentes en Cristo son coherederos con Cristo.

Por eso Cristo siendo el Rey de reyes y Señor de señores, los creyentes en Cristo son reyes también. Cristo siendo el Sumo Sacerdote según el Orden de Melquisedec del Templo celestial, los creyentes en Cristo son sacerdotes también.

Cristo siendo el Juez de los vivos y de los muertos, los creyentes en Cristo son también jueces; por lo cual San Pablo dice en Primera de Corintios, capítulo 6, verso 2 al 3: “¿No sabéis que los santos juzgarán al mundo, y aun a los ángeles?” ¿Por qué? Porque son jueces también, pertenecen al poder judicial de Cristo; y Cristo es el Juez Supremo de esa Corte Suprema Divina; y ese poder judicial estará en el Reino del Mesías.

Por lo tanto, la Venida del Reino de Dios a la Tierra será el evento más grande que haya experimentado este planeta Tierra. Es en el Reino del Mesías donde realmente la humanidad experimentará la paz verdadera, la paz permanente, la paz en la cual los que vivirán en Su Reino serán felices, tendrán paz, amor y felicidad para siempre.

En esa ciudad que buscaba Abraham estarán todos los creyentes en Cristo luego del Reino Milenial; porque esa ciudad, la Nueva Jerusalén, va a ser establecida en la Tierra; y por consiguiente el planeta Tierra se convertirá en el centro del Reino de Dios, no sobre el planeta Tierra solamente, sino sobre el universo completo, sobre toda la Creación. Por eso dice la Escritura en Apocalipsis, capítulo 21, versos 23 en adelante:

“La ciudad no tiene necesidad de sol ni de luna que brillen en ella; porque la gloria de Dios la ilumina, y el Cordero es su lumbrera.

Y las naciones que hubieren sido salvas andarán a la luz de ella; y los reyes de la tierra traerán su gloria y honor a ella.

Sus puertas nunca serán cerradas de día, pues allí no habrá noche.

Y llevarán la gloria y la honra de las naciones a ella.

No entrará en ella ninguna cosa inmunda, o que hace abominación y mentira, sino solamente los que están inscritos en el libro de la vida del Cordero (porque esa es la ciudad del Rey y la Reina, de Cristo y Su Iglesia).”

Luego en el capítulo 22, verso 13 en adelante, dice:

“Y no habrá más maldición; y el trono de Dios y del Cordero estará en ella, y sus siervos le servirán…”

Vean, el Trono de Dios y del Cordero estará en esa ciudad aquí en la Tierra; por eso se convertirá el planeta Tierra en el centro de gobierno del Reino de Dios sobre toda la Creación.

“…y verán su rostro, y su nombre estará en sus frentes.

No habrá allí más noche; y no tienen necesidad de luz de lámpara, ni de luz del sol, porque Dios el Señor los iluminará; y reinarán por los siglos de los siglos.”

Podemos ver lo que será la eternidad, donde estarán Cristo y Su Iglesia en el Reino eterno de Dios. Primero viene el Reino Milenial de Cristo con Su Iglesia sobre este planeta Tierra; luego vendrá el Juicio Final, donde resucitarán todos los que no pertenecen a la primera resurrección; serán juzgados y unos recibirán misericordia, entrarán a la vida eterna, otros no, y otros no tenían sus nombres ya escritos en el Libro, y otros les había sido borrado su nombre del Libro de la Vida, de la sección que pueden ser borrados.

Pero los miembros de la Iglesia del Señor Jesucristo ya estaban con Cristo durante todo el Reino Milenial. Sus nombres están en la sección donde no pueden ser borrados: la sección del Libro de la Vida del Cordero; y por consiguiente, esas son las ovejas que el Padre le dio para que las buscara y les diera vida eterna.

En ese Reino estarán todas esas personas representadas en las ovejas que el Padre le dio para que las buscara y les diera vida eterna; “porque no es la voluntad de mi Padre celestial (dice Cristo), que se pierda uno de estos pequeñitos.” [San Mateo 18:14]. No es la voluntad de Dios que nos perdamos, sino que vivamos eternamente en el Reino de Dios.

Estábamos eternamente en Dios, éramos un atributo divino en la mente de Dios, de ahí hemos venido en la permisiva voluntad de Dios en estos cuerpos mortales; pero el propósito divino es que vivamos eternamente en cuerpos eternos, jóvenes, glorificados, igual al cuerpo glorificado de Jesucristo.

Por eso San Pablo nos habla de los predestinados, de los elegidos, de los escogidos, los cuales están escritos en el Cielo, en el Libro de la Vida del Cordero. Ninguno de ellos se perderá; porque Cristo vino y murió por nosotros en la Cruz del Calvario, y con Su Sangre nos limpió de todo pecado, y nos mantiene limpios de todo pecado con Su Sangre.

Y ahora continuamos viendo la Escritura de Apocalipsis, capítulo 11. Nos detuvimos... lo leemos de nuevo para continuar la lectura. Dice capítulo 11, verso 15 en adelante, de Apocalipsis:

“El séptimo ángel tocó la trompeta, y hubo grandes voces en el cielo, que decían: Los reinos del mundo han venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo; y él reinará por los siglos de los siglos.

Y los veinticuatro ancianos que estaban sentados delante de Dios en sus tronos, se postraron sobre sus rostros, y adoraron a Dios,

diciendo: Te damos gracias, Señor Dios Todopoderoso, el que eres y que eras y que has de venir, porque has tomado tu gran poder, y has reinado.

Y se airaron las naciones, y tu ira ha venido, y el tiempo de juzgar a los muertos, y de dar el galardón a tus siervos los profetas, a los santos, y a los que temen tu nombre, a los pequeños y a los grandes, y de destruir a los que destruyen la tierra (los que destruyen la Tierra, dice la Escritura que Dios los destruirá).

Y el templo de Dios fue abierto en el cielo, y el arca de su pacto se veía en el templo. Y hubo relámpagos, voces, truenos, un terremoto y grande granizo.”

Ahí podemos ver cómo al ser abierto el Templo de Dios en el Cielo, se convierte en un Trono; el Trono de Dios en el Cielo se convierte en un Trono de Juicio; y por eso es que salen relámpagos, voces, truenos, un terremoto y grande granizo del Cielo, del Templo de Dios.

Los resultados para los que estarán viviendo en la Tierra en esos días (esos días de la gran tribulación), serán los que aparecen aquí en la apertura del Sexto Sello, porque el Sexto Sello abre con un terremoto.

El Sexto Sello son los ministerios de los Dos Olivos, los ministerios de Moisés y Elías. Capítulo 6, verso 12 en adelante, de Apocalipsis, dice:

“Miré cuando abrió el sexto sello, y he aquí hubo un gran terremoto; y el sol se puso negro como tela de cilicio, y la luna se volvió toda como sangre…”

Miren las cosas que ocurren cuando es abierto el Sexto Sello; y lo abren Moisés y Elías, los Dos Ungidos, los Dos Olivos de Apocalipsis, capítulo 11, versos 1 al 14; y Zacarías, capítulo 4, versos 10 al 14.

“…y las estrellas del cielo cayeron sobre la tierra, como la higuera deja caer sus higos cuando es sacudida por un fuerte viento.

Y el cielo se desvaneció como un pergamino que se enrolla; y todo monte y toda isla se removió de su lugar (o sea que con ese terremoto, que será de impacto mundial, habrá un cambio para el planeta Tierra).

Y los reyes de la tierra, y los grandes, los ricos, los capitanes, los poderosos, y todo siervo y todo libre, se escondieron en las cuevas y entre las peñas de los montes;

y decían a los montes y a las peñas: Caed sobre nosotros, y escondednos del rostro de aquel que está sentado sobre el trono, y de la ira del Cordero;

porque el gran día de su ira (que es la gran tribulación) ha llegado; ¿y quién podrá sostenerse en pie?”

Durante el tiempo de la gran tribulación la situación en el planeta Tierra será terrible. Pero no se preocupen, no vamos a ser dejados en esta Tierra: Antes que comience la gran tribulación Jesucristo resucitará a los muertos creyentes en Él, y a los vivos los transformará, y los llevará con Él a la Cena de las Bodas del Cordero; para eso es la Venida de Cristo a Su Iglesia.

Vean aquí, en el capítulo 5 de Primera de Tesalonicenses, dice:

“Pero acerca de los tiempos y de las ocasiones, no tenéis necesidad, hermanos, de que yo os escriba.

Porque vosotros sabéis perfectamente que el día del Señor vendrá así como ladrón en la noche;

que cuando digan: Paz y seguridad, entonces vendrá sobre ellos destrucción repentina, como los dolores a la mujer encinta, y no escaparán.”

Habrá un momento en que van a proclamar la paz. Cuando digan: “Paz y seguridad,” entonces vendrá destrucción repentina. O sea, que van a estar buscando la paz, y cuando piensen las naciones que la encontraron, luego de eso vendrá destrucción repentina, vendrá la gran tribulación sobre la raza humana.

Pero, ¿qué dice para los creyentes en Cristo?

“Mas vosotros, hermanos, no estáis en tinieblas, para que aquel día os sorprenda como ladrón.

Porque todos vosotros sois hijos de luz e hijos del día (e hijos del día); no somos de la noche ni de las tinieblas.

Por tanto, no durmamos como los demás, sino velemos y seamos sobrios.”

Velando ¿por qué? Velando por la Venida del Señor. Ese es el misterio que será abierto cuando el Séptimo Sello sea abierto a la Iglesia del Señor Jesucristo en el Día Postrero, lo cual le dará la fe para ser transformados y llevados con Cristo a la Cena de las Bodas del Cordero.

La Voz de Cristo que habló durante las siete etapas o edades de la Iglesia a través de Sus diferentes mensajeros, hablará en este tiempo final abriendo ese misterio del Séptimo Sello, abriendo el misterio de la Segunda Venida de Cristo; lo cual nos dará la fe para ser transformados y llevados con Cristo a la Cena de las Bodas del Cordero.

Por eso velemos por la Venida del Señor, que será para Su Iglesia-Novia; para transformarla y llevarla con Él a la Cena de las Bodas del Cordero.

Luego de la Cena de las Bodas del Cordero viene Cristo con Su Iglesia a la Tierra, con todos los santos, para establecer Su Reino; Su Reino de paz, de prosperidad, de justicia, de amor, para todos los seres humanos que vivirán en ese Reino.

Es importante, por consiguiente, estar preparados para la visita de Dios que está prometida a Su Iglesia para el Día Postrero, para la resurrección de los muertos creyentes en Cristo y la transformación de nosotros los que vivimos. De lo cual habla San Pablo en Filipenses, capítulo 3, verso 20 al 21, dice:

“Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo;

el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas.”

Ahí podemos ver para qué es la Venida del Señor, podemos ver por qué estamos esperando la Venida del Señor; el cual transformará el cuerpo físico que tenemos, que es el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria Suya: para que sea un cuerpo inmortal, incorruptible, glorificado y joven para toda la eternidad.

Por eso estemos velando; velando por la Venida del Señor en este tiempo final.

“VENGA TU REINO Y HÁGASE TU VOLUNTAD, COMO EN EL CIELO, ASÍ TAMBIÉN EN LA TIERRA.”

Todos deseamos el establecimiento de Dios, de Cristo en la Tierra con Su Reino, donde habrá paz y prosperidad y felicidad. Por lo cual, oramos por la Venida del Reino de Dios, oramos por la Venida del Señor, y oramos porque Cristo nos tenga despiertos espiritualmente para que no nos pase por alto Su Venida y podamos ser transformados y llevados con Él a la Cena de las Bodas del Cordero.

Si hay alguna persona que todavía no ha recibido a Cristo, lo puede hacer en estos momentos, y estaremos orando por usted para que Cristo le reciba en Su Reino; para lo cual puede pasar acá al frente y oraremos por usted.

Cristo tiene mucho pueblo en el estado de Nuevo León, Monterrey y demás ciudades, y en todos los estados y ciudades de la República Mexicana, y los está llamando en este tiempo final; y tiene mucho pueblo en toda América Latina y el Caribe, y los está llamando en este tiempo final. Él tiene mucho pueblo todavía en la Tierra y los está llamando para colocarlos en Su Reino, para darles las bendiciones del Reino que Él tiene para todos los creyentes en Él.

Cristo dijo: “El que me confesare delante de los hombres, yo le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos.” [San Mateo 10:32]

O sea, que es importante confesar a Cristo públicamente, delante de los hombres, de los demás seres humanos, dar testimonio público de nuestra fe en Cristo de que lo recibimos como nuestro único y suficiente Salvador.

Todavía vienen más personas como ustedes, que están recibiendo a Cristo como único y suficiente Salvador, porque Cristo por medio de Su Evangelio les habló al alma, al corazón; y “con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación.” [Romanos 10:10]

Todavía vienen más personas. Vamos a estar puestos en pie para orar por las personas que están viniendo a los Pies de Cristo nuestro Salvador. En las demás naciones también pueden continuar viniendo a los Pies de Cristo, para que queden incluidos en la oración que estaremos haciendo para que Cristo les reciba en Su Reino.

Todos queremos entrar y estar en el Reino de Cristo, ese es el único Reino eterno, es el único Reino que tiene la paz imperecedera, el único Reino que tiene las bendiciones de Dios; porque es el Reino de Dios por medio de Cristo nuestro Salvador. Cristo es el Heredero al y del Reino de Dios, y nosotros somos coherederos con Cristo, al Reino de Dios y a toda la Creación.

Vamos ya a orar por las personas que han venido a los Pies de Cristo. Con nuestras manos levantadas a Cristo, al Cielo y nuestros ojos cerrados:

Padre celestial, en el Nombre del Señor Jesucristo vengo a Ti con todas estas personas que están recibiendo a Cristo como único y suficiente Salvador. Recíbeles en Tu Reino, perdónales; y Señor, séllalos en Tu Reino. Te lo ruego en el Nombre del Señor Jesucristo. Amén.

Repitan conmigo esta oración, los que han venido a los Pies de Cristo en esta ocasión:

Señor Jesucristo, escuché la predicación de Tu Evangelio y nació Tu fe en mi corazón.

Creo en Ti con toda mi alma. Creo en Tu Primera Venida. Creo en Tu muerte en la Cruz del Calvario como el Sacrificio de Expiación por nuestros pecados.

Reconozco que soy pecador y necesito un Salvador. Doy testimonio público de mi fe en Ti y de Tu fe en mí, y te recibo como mi único y suficiente Salvador.

Te ruego perdones mis pecados y con Tu Sangre me limpies de todo pecado, me bautices con Espíritu Santo y Fuego, y produzcas en mí el nuevo nacimiento. Te lo ruego en Tu Nombre Eterno y glorioso, Señor Jesucristo. Amén y Amén.

Por cuanto Cristo dijo: “Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado.” Ustedes me dirán: “Yo creí; al escuchar el Evangelio de Cristo creí. Y ahora quiero ser bautizado en agua en el Nombre del Señor Jesucristo, quiero hacer como Él lo ordenó que debo hacer para ser salvo. ¿Cuándo me pueden bautizar?” Es la pregunta desde lo profundo de vuestro corazón.

Por cuanto ustedes han creído de todo corazón, bien pueden ser bautizados; y que Cristo les bautice con Espíritu Santo y Fuego, y produzca en ustedes el nuevo nacimiento.

El bautismo en agua no quita los pecados, porque el agua no tiene poder para quitar pecados; es la Sangre de Cristo la que nos limpia de todo pecado. Pero el bautismo en agua es un mandamiento del Señor Jesucristo, el cual fue a donde Juan el Bautista cuando él estaba bautizando en el Jordán, para que Juan lo bautizara. Y Juan le decía: “Yo tengo necesidad de ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí para que yo te bautice?” Jesús le dice: Nos conviene cumplir toda justicia.” Y entonces lo bautizó.

Si Cristo tuvo necesidad de ser bautizado, ¡cuánto más nosotros! Es que el bautismo en agua es tipológico, es simbólico. Y cuando la persona recibe a Cristo como Salvador, muere al mundo; y cuando el ministro lo sumerge en las aguas bautismales, tipológicamente está siendo sepultado; y cuando lo levanta de las aguas bautismales, está resucitando a una vida: a la vida eterna con Cristo en Su Reino eterno. Ahí tenemos el simbolismo, la tipología del bautismo en agua en el Nombre del Señor Jesucristo.

Por lo tanto, el ser humano se identifica con Cristo en el bautismo en agua por orden de Cristo cuando dice: “El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado.” Siendo bautizados en agua en el Nombre del Señor Jesucristo, nos estamos identificando con Cristo en Su muerte, sepultura y resurrección. Ese es el simbolismo del bautismo en agua en el Nombre del Señor Jesucristo.

Por lo tanto, bien pueden ser bautizados; y que Cristo les bautice con Espíritu Santo y Fuego, y produzca en ustedes el nuevo nacimiento. Y nos continuaremos viendo por toda la eternidad en el Reino glorioso de Jesucristo nuestro Salvador.

Continúen pasando una tarde feliz, llena de las bendiciones de Cristo nuestro Salvador.

Dejo con ustedes al reverendo Epifanio López para que les indique cómo hacer para ser bautizados en agua en el Nombre del Señor Jesucristo nuestro Salvador.

Que Dios les bendiga y les guarde, y nos continuaremos viendo eternamente en el Reino de Cristo nuestro Salvador.

“VENGA TU REINO Y HÁGASE TU VOLUNTAD, COMO EN EL CIELO, ASÍ TAMBIÉN EN LA TIERRA.”

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